Las 3 personas salieron del recinto sin embargo el extraño pordiosero salió ataviado con un fino traje confeccionado con grandes holanes en los puños además de un sombrero de le hacía ver my distinguido, aunque su cara expresaba lo contrario y no dejaba de rascarse pues no estaba acostumbrado a vestir ropa tan incómoda. Cuando Lady Harper observo a Yan que aumentaba sus convulsiones en un intento por quitarse toda esa ropa que no le daban la libertad a la que él estaba acostumbrado, lo golpeo con fuerza en la mano con su abanico –Tranquilícese por favor, no ve que su actitud salvaje me pone en ridículo con su alteza Úrsula- era raro que Lady Harper le llamara “su alteza” Ursula, pero esperaba que con esas palabras lograra hacer que ese salvaje se pudiera tranquilizar un poco ya que estaba a punto de salir de sus casillas –Pero no me gusta esto- le contesto con una mueca mientras seguía rascándose incontrolablemente –No podría proporcionarme algo como lo que traía anteriormente. Lady Harper se volteo hacia él y le dijo mientras su rostro quedaba a un centimetro de el –Le recuerdo, mi estimado… señor, que antes de esto solo traía un abrigo para cubrir su indecencia y que anterior a esto ni siquiera el abrigo, solo su indecencia- mientras golpeaba la cabeza de Yan suavemente con el abanico, Yan solo se limito a fruncir el seño y a murmurar –me refería a antes de bañarme en la fuente- la princesa solo se limito a soltar una risilla pues toda esa escena le parecía muy graciosa.
Mientras en las escaleras escondidos detrás de un pilar Siren y Lennard estaban escuchando atentamente, de menos para saber quiénes eran aquellas dos personas y porque a pesar de que llegaron sin avisar la princesa los había recibido sin oponer objeción. Ahora sabían que la mujer se llamaba Lady Harper, pero… quien era ese extraño vagabundo que apenas y traía algo con que cubrirse cuando llego.
De pronto tanto como Siren como Lennard sintieron un fuerte tirón en la oreja -¡QUE DEMONIOS ESTAN HACIENDO AQUÍ, PAR DE MOSALVETES!- se escucho una voz chillante detrás de ellos -¡AUUU! Suéltenos señora le juro que no hicimos nada- resolló Lennard mientras se intentaba zafar de aquel agarre – ¡Si, suéltenos ahora mismo vieja bruja!- grito Siren -¡VIEJA BRUJA!, ahora verán par de malcriados, ¡Regresen a su habitación ahora mismo!- grito Lenna, mientras los guiaba todavía de las orejas en dirección a sus cuarto –¡Esta bien, está bien! Ya nos vamos solo suéltenos- exclamo Siren. Lenna con la cara roja de coraje aun los soltó y cuso los brazos en viendo como se dirigían hacia sus aposentos –Por eso está sola y gorda- dijo Siren entre dientes mientras caminaban a su cuarto, pero a la vieja Lenna no se le escapaba nada -¡ahora si veras!- y pego carrera para alcanzar a los dos espías amateurs con una vara en la mano la cual ya había usado contra ellos un par de ocasiones en el pasado para corregir su comportamiento travieso, pero la carrera no duro mucho, ya que la gran chaperona estaba en muy mala condición física además de que los años ya le pesaban.
Claro estaba que toda esa conmoción alerto a la comitiva que en esos momentos se encontraba despidiéndose para dirigirse a sus aposentos a descansar, los tres pudieron ver todo el espectáculo, lo cual les pareció algo cómico -¿Estás segura amiga de lo que me acabas de decir querida amiga?, digo es cierto que Siren es un poco mas frio que Lennard pero he convivido con ellos casi todos los días desde que llegaron aquí y no parece un ser diabólico como tú dices- exclamo Ursula –Positivamente querida amiga, sabes que yo soy la persona más exceptiva del mundo pero no sé porque esa predicción que me dio aquella pitonisa me pareció de lo más convincente, aunque no sé porque,- Harper se quedo pensativa un momento y retomo la conversación –además hasta ahora todo lo que dijo ha resultado cierto…- volteo y vio a Yan quien aún seguía retorciéndose tratando de quitarse aquella incomoda ropa – hasta mi encuentro con un salvaje mono en mi camino- Yan no puso mucha atención ya que tenía problemas mayores que resolver, primeramente salir de aquel traje y segunda, seguir con la misión encomendada por el anciano, por la cual se había aventurado a salir de su pequeña aldea.